RECUERDA, AMOR MÍO
ARMANDO BOIX

La daga bailó entre los dedos, impaciente, diríase, de escapar a las manos de su dueño y lanzarse al mundo, en sangrientas aventuras. El hombre la observó un momento y acabó por sepultarla en su vaina, entre los pliegues de la capa.
Durante una hora entera permaneció inmóvil, la espalda contra la pared, sentado en cuclillas. Las gruesas cortinas vedaban el paso a la luz de la luna, vestían en sombras la lujosa estancia. En la oscuridad sólo sus ojos, brillantes como piezas de plata, destacaban bajo la capucha, fijos siempre en la puerta, que ahora, al fin, empezaba a abrirse...

En un extremo de la plaza alejado de cambalaches, regateos y reyertas la hermandad de cómicos se ganaba el sustento del día con sus juegos malabares. A su alrededor se agrupaba una multitud boquiabierta de campesinos, que vendida ya la mercancía buscaban su ración de ocio.
Un «¡Oh!» se abrió paso en todas las gargantas cuando, en un peligroso ejercicio, uno de los artistas mantuvo siete espadas a un tiempo en el aire. El tambor redobló con más fuerza, si cabe.
Mezclado con el gentío Jaleck hizo una mueca burlona y se vio tentado de practicar otras habilidades en aquellas bolsas repletas. A pesar suyo se contuvo. Trabajo de mayor calibre le traía a Ashâr.
Se agenció con disimulo una manzana, sentando a continuación sus reales a la sombra de un olmo. Dos soldados, que paseaban orgullosos las largas picas y los yelmos de bronce, cruzaron ante él. Jaleck ignoró su mirada suspicaz y dio otro mordisco a la fruta. Uno parecía pensativo; el otro se encogió de hombros. Acabaron por volverse y continuar su ronda, ajenos a que alguien estaba mentando a toda su genealogía.
Jaleck sentía una razonada aversión por la milicia, que tanto dificultaba su labor. ¿Acaso les había robado nunca? ¿Asaltaba sus cuarteles codicioso de sus cubiertos de latón? ¡Que le persiguieran sus víctimas, no ellos, que en nada les atañía!
Hasta dos semanas antes desvalijaba caravanas y hostigaba aldeas al sur del Anzasa. La actividad era lucrativa y descansa-da; pero cuando mejor andaba el negocio se vio perseguido por las cuadrillas del rey Shalîk, en mala hora nacido, que le obligaron a huir dejando atrás el botín. De todos modos no tardó en olvidar su desgracia y considerando un lado ventajoso en el cambio de aires dirigió sus pasos hacia Ashâr. No había mejor escondite que sus anárquicas callejuelas.
Arrojó al suelo lo que quedaba de su manzana. Llamó al aguador y le entregó un cobre.
—¿A quién pertenece este palacio? —preguntó, señalándole un edificio de torres bermejas, situado en lugar de excelencia.
—Veo que sois forastero. No es otra que la casa de Deron, el joyero del regente. Y usurero, por añadidura.
—Eso es lo que estoy buscando. Un amo rico al que ofrecer mis servicios. ¿Sabéis, quizá, si necesita criados?
El aguador le alargó la taza que había pagado.
—Olvidadlo, amigo. Deron es demasiado celoso de sus riquezas como para admitir a extraños.
—¿Sólo de sus riquezas? ¿Y de su mujer no? —preguntó, sabedor de que las esposas son un buen medio de acceder a los maridos.
—Murió hace años; pero guarda otra alhaja de más valor que el oro. Mirad —dijo señalándole uno de los balcones—. Es su hija Alia.
Jaleck contempló a la muchacha. Apoyada en la barandilla entretenía las horas con el ir y venir de los labriegos. Su talle era elegante, delgado, aunque no libre de oportunas convexidades; la piel clara, el cabello bruno, los labios prometedores de íntimas delicias. Un lunar, más que manchar, resaltaba la perfección de su tez, rara perla ante la cual el ladrón quedó extasiado.
Ni aun entre las rubias princesas del norte vio jamás mujer más bella. Había deseado a muchas y —la luna era testigo— pocas le ofrecieron resistencia; sin embargo toda su arrogancia se desvanecía ante la hija de Deron.
Con la fascinación de un pajarillo ante Ayss, la serpiente, no pudo moverse hasta que Alia abandonó el balcón para entrar en casa. Miró a su entorno. El aguador se había marchado hacía rato y los buhoneros cargaban ya en las mulas los restos de sus baratijas. La plaza estaba vacía.
Caviloso se encaminó a la posada. Comió con desgana y empleó el resto del día en afinar su plan. Cuando la noche llegó a Ashâr las gemas del joyero nada eran, a su apreciación, junto a los ojos de la hermosa Alia.

El balcón quedaba a diez metros del suelo. Ni un solo asidero ofrecía la pared. No obstante, en una concesión a la estética, dos águilas de piedra flanqueaban la balaustrada.
Jaleck esperó que un guardia soñoliento desapareciera en la angostura de un callejón. Cruzó la plaza a vivo paso y tras mirar a un lado y a otro desenrolló la cuerda e hizo un lazo. Lo arrojó sobre su cabeza; se elevó. Con un golpe sordo chocó contra el barandal y volvió abajo. Intentó de nuevo el lanzamiento. Con satisfacción vio prenderse la lazada en una de las alas de las estatuas.
Tiró con todas sus fuerzas, temiendo por un momento que el pedestal del águila no estuviera fijado al balcón y cediera bajo su peso. La prueba fue satisfactoria; empezó a trepar.
Apenas había ascendido la mitad del trayecto oyó unos pasos que se aproximaban. Parecía tratarse de varias personas. Se balanceó prendido de la cuerda, sin atreverse a mover. De pronto aparecieron tres hombres, que entre risas y canciones llenaron la plaza de ruido.
Estaban ebrios, no cabía duda; andaban cabizbajos, prestándose mutuamente ayuda. Jaleck respiró aliviado al verlos pasar a sus pies sin advertir, siquiera, el cabo colgante; pero temiendo que tal bullicio atrajera a la ronda apuró a sus brazos para que le llevaran arriba.
Se encaramó al balcón y atisbó por la puerta entornada. No acertó a descubrir nada, salvo una sombra más densa que las demás. Podía pertenecer a la cama. Abrió poco a poco y entró. Fiado de las suaves suelas de sus botas avanzó lentamente, en el más absoluto silencio. Los ojos, que habían empezado a adaptarse a la oscuridad, descubrieron el lecho. Apartó las cortinas.
Alia yacía semidesnuda entre las sábanas, las mejillas ruborosas, los labios entreabiertos, como invitando a ser besados. Alargó su mano, cubriéndolos, con un gesto que tenía más de caricia que de amenaza.
La muchacha se despertó. Abrió sus ojos espantada y luchó un instante contra la presa. Luego, relajándose, dejó que Jaleck la soltara. Tras el primer momento de sorpresa el miedo había desapare-cido de su rostro. Casi se diría que recibía con cierta compla-cencia al intruso.
«Bien —pensó el ladrón—. Siempre será más sabrosa la fruta madura que la que hay que arrancar a la fuerza del árbol».

Tras una breve lucha la noche vencía al día, ganando Ashâr. En su habitación de mármoles rosados Alia se dejaba desvestir por un ama afanosa y gordezuela. Con un mohín impaciente la hizo a un lado y se desprendió por sí misma de las sandalias, sustitu-yéndolas por unas babuchas de terciopelo.
La criada plegó los ropajes, los suspendió de su brazo izquierdo y se deslizó hasta la puerta. En el umbral aún se detuvo un instante, volviéndose hacia la muchacha que remoloneaba por la estancia.
—Que pases una buena noche. Acuéstate pronto, no vayas a enfriarte.
—Sí, ama.
La puerta se cerró y no tardó en oírse el celoso chasquido de la cerradura aprisionándola hasta el amanecer. Alia miró hacia el balcón, se mordió impaciente las uñas. El cielo, de un tono malva que iba tiznándose poco a poco, lucía una única joya de fría luz. En la lejanía una trompa marcó la hora queda.
Un crujido, un breve raspar. En la balaustrada se alzó, de pronto una silueta.
—¡Al fin! Creí que nunca anochecería.
Alia corrió hacia el hombre que saltaba al interior del balcón. Unos brazos fuertes la acogieron. Los labios se buscaron, para acabar encontrándose en un beso.
—Cada día son más difíciles nuestras citas —explicó Jaleck—. Sobre todo desde que decidí reanudar mis actividades. Los guardias rondan como halcones por las calles de Ashâr.
Apartando un segundo a la muchacha rebuscó en su jubón. Una cadena, de la que colgaba una gran gema, brilló en sus manos. Alia gritó de placer:
—¡Es magnífica!
Jaleck la abrazó de nuevo y besó su cuello.
—¿Qué mejor que una piedra preciosa para una preciosa mujer?
—Desearía pagar tanto amor —musitó melosa.
—Sabes bien como hacerlo. Cásate conmigo.
Alia bajó la cabeza. Palideció.
—No puedo. Te quiero, te he dado todas las pruebas que una mujer puede proporcionar. Pero hay cosas situadas por encima de mis deseos.
Jaleck comprendió. No era la primera vez que discutían sobre ello.
—¿Tu padre?
—Sí, mi padre. Es un hombre rico y poderoso... Y su orgullo es mayor que sus riquezas. Jamás consentiría en entregarme a un bandido.
—¡Escápate! —La sujetaba con fuerza de los hombros, forzándola a encararse con él—. Marcharemos al sur, a Shajalâr. Allí nunca nos encontrará.
—Le mataría. No me pidas eso, por favor.
—¿Entonces?
Alzó al fin la vista, mirándole. Jaleck quedó prisionero de aquellos ojos verdes, verdes y crueles como el olvido de la absenta. Tras un titubeo ella respondió:
—Entrégate... Entrégate a la justicia. Haré que mi padre interceda por ti, que rebajen la condena... En cuatro o cinco años puedes estar libre. Entonces seré tuya.
—Saltaría a un foso ardiendo si tú me lo pidieras.
—Sólo quiero que esperes un poco. Será duro, no lo niego; pero puedes estar seguro de que mi corazón siempre será tuyo.
Alia se estrechó contra su pecho. Sus manos, bálsamo de todos los dolores, le acariciaron. Jaleck la condujo hasta el lecho.
Aquella noche aprendió qué fácil es ceñirse una cadena. Puedes reírte de las mujeres, decir que las sabes manejar, que el amor no es más que un juego. Ellas callarán y acaso se permitan una sonrisa. En este juego peligroso ¿quién es el juguete?

Apenas amaneció Jaleck se entregó a la guardia. Satisfechos lo condujeron sin dilación a los calabozos, donde aguardó confiada-mente por dos días. Al tercero compareció ante los jueces de Ashâr.
Los letrados leyeron en voz alta sus pliegos, enumeraron cada uno de los delitos y presentaron, a continuación, sus testigos. El ladrón casi no atendió al proceso, perdido en vagas ensoñacio-nes. Por último se le ordenó arrodillarse ante el estrado para escuchar la sentencia. Casi cayó desmayado.
No fueron cuatro ni cinco, sino diez los años de su condena; diez años de arrastrar los grilletes por las galerías de las Montañas Rojas, violando la roca por unos gramos de plata.
Cargado de cadenas y acompañado por otros siete desgraciados le obligaron a andar por caminos polvorientos las más de treinta leguas que separan Ashâr del mar. En Pilia, puerto antaño próspero y hoy poco más que asilo de viejos filibusteros y mercaderes de esclavos, se les embarcó en una galera trirreme, adjudicándoles el dudoso honor de contribuir a su locomoción.
De este modo los llevaron —o mejor se llevaron— hasta la isla de Agas. Se les concedió unas jornadas de descanso y desde aquel lugar, que se alza a la entrada del Golfo de Shajalâr como último baluarte de la civilización, pudieron contemplar melancólicamente la cercana costa del Desierto Austral.
El sol, gigantesco y candente, parecía agitar el aire con un extraño tremor que desdibujaba a ratos el perfil afilado de las montañas. Era una tierra de demonios, sin duda, pues ningún otro ser podía sobrevivir allí. Si alguna vez no comprendió la verdadera magnitud de diez años de trabajos forzados entonces Jaleck supo qué era lo que le aguardaba.
Cruzaron el estrecho brazo de mar y se les condujo a las minas. No tardó en añorar aquel hirviente sol que tanto le había empavorecido.
Entre las sombras, medio asfixiado por el resinoso humo de las antorchas, acarreó día tras día pesadas espuertas de tierra, desmenuzó roca, profundizó túneles que descendían en busca de nuevos tesoros. Un año puede ser muy largo cuando el miedo infundido por el crujir de las vigas apenas te deja dormir, cuando la piel excoriada por el látigo late de dolor a cada instante, cuando en vez de cargar los capachos has de llevar, a tus hombros, el cuerpo muerto de fatiga de un compañero. Un año puede ser muy largo. Diez pueden no tener fin.
Sin embargo Jaleck aguantó, fortalecido por el recuerdo, soñándola cada noche... Y desesperando al despertar, creyendo perderla.
Diez años.
Sus cabellos se volvieron blancos. Enflaqueció. Sus manos, que una vez fueron hermosas y diestras, se hincharon y encallecieron, permitiéndole, apenas, cerrarlas. Sus pies, envueltos en harapos, llagados, perdieron su velocidad, adoptando el andar bamboleante dictado por los grilletes.
Diez años.
Salió en libertad.

Una alforja con comida y un jamelgo medio lisiado y huésped de garrapatas fue la paga recibida por tanto sudor, por tantas libras de plata arrancadas a la montaña. No sintió despecho. Era demasiado feliz. Podía decidir sin trabas cada uno de sus pasos, alzar la voz, dirigir sus quejas a los mismos dioses. Y Alia le aguardaba.
Tomó el camino del norte. Dejó atrás las estériles arenas, cruzando los marjales del Anzasa, y se adentró en las llanuras que jalonan las siete Ciudades-Estado. No se entretuvo en ninguna de ellas.
Por las noches durmió en bosques o praderas, bajo el auspicio de estrellas blancas y amables; por el día comía de lo que la propicia naturaleza le ofrecía.
Y cierta mañana, tras cruzar el camino de Fyor y ascender la cuesta de una loma, se levantaron ante él las augustas torres de Ashâr.

Pese a la larga ausencia la ciudad no había sufrido ningún cambio apreciable. En su plaza seguían amontonándose comerciantes y titiriteros, los chiquillos corrían entre las patas de los caballos y los soldados, con sus corazas recién pulidas, se pavoneaban ante las doncellas. Allí mismo seguía el palacio en cuyos balcones vio, por primera vez, a Alia.
Aguardó durante toda la jornada. Nadie asomó; las ventanas permanecían cerradas. Al atardecer, cuando ya se preguntaba cual sería su siguiente paso, una criada salió por la puerta lateral.
Resoplaba y en sus inmensas caderas llevaba, precariamente apoyado, un cántaro. Jaleck la reconoció. Era el ama de Alia.
Abandonó su escondite para cruzarse en su camino. La mujer se sobresaltó al verlo aparecer tan de súbito. Se hizo a un lado, esperando dejar atrás al desconocido. Jaleck la retuvo por el brazo.
—¡Esperad, por favor!
—¿Qué queréis? Sólo soy una pobre criada.
Jaleck probó a aplacar el temblor de sus carnes con una de las monedas obtenidas con la venta del caballo.
—No temas. Vengo desde muy lejos, donde un amigo mío arde en deseos de saber algo de cierta doncella a la que conoció en Ashâr hace años. Tal vez podáis ayudarme.
La mujer suavizó la mirada, un poco por el regalo y aún más por el deseo de comadrear.
—Conozco mucha gente aquí. ¿Cómo se llama?
—Alia, la hija de Deron, el joyero.
—¿Alia? ¿Qué puede querer de Alia?
—Guarda un dulce recuerdo de cierta noche... Se encontraron en un baile y ella le hizo algunas promesas.
—¡Qué atolondrada es la juventud! —exclamó el ama—. La noche y el vino hacen decir muchas tonterías. Lo que me sorprende es que vuestro amigo tomara en serio palabras pronunciadas en tal ocasión. Alia es hermosa y su dote generosa. No necesita buscar amores en tierras lejanas.
—¿Qué debo decirle, entonces, a mi amigo? —Había palidecido. Se sentía repentinamente mareado y herido por la noche.
—Decidle que Alia le olvidó pronto y ahora es la esposa de Vanar-tel-Akâr, Proveedor Mayor de la Corte.
Quizá esperara el ama algún comentario a su revelación; pero sólo le contestó el silencio. Resignadamente continuó su camino. Nada más había dado dos pasos cuando se volvió de nuevo. Jaleck no se había movido, como helado por una maldición. El ama, curiosa, se atrevió a preguntar:
—¿Como fue el baile del que habéis hablado? Me supongo que magnífico, si atrajo a ese amigo hasta nuestra ciudad.
Jaleck sonrió al fin. Nada había de alegre, sin embargo, en su mueca.
—Sí, fue un magnífico baile... de máscaras.

Mientras jugueteaba en la oscuridad con su daga, Jaleck meditó, no sin cierto sarcasmo, sobre lo sucedido. En efecto, como se había repetido muchas veces, el amor era un juego peligroso. No siempre se puede ganar y él era un mal perdedor. Sonaba la hora, pues, de abandonar los naipes y cobrar lo que se debía. Ya vendrían luego manos más afortunadas.
De pronto se tensó al ver abrirse la puerta de la estancia. Allí estaba Alia, seguida de un hombrecillo sudoroso y retaco, portador de un candil de aceite.
—Ha sido una reunión estupenda, ¿verdad, querida?
Una hoja de acero se apoyó en su cuello. Enmudeció.
—Y el final todavía lo será más, amigo.
Jaleck presionó levemente con su daga en la piel del hombreci-llo, que se contrajo como dotada de voluntad propia. Alia, reconociéndole, no pudo contener un grito de sorpresa:
—¡Tú!
—¡Vaya! ¡Me reconoces! ¡Cuánto honor!
Tomando al prisionero por la pechera de su camisa lo arrojó contra una de las paredes, donde quedó inmóvil, paralizado por el terror. Jaleck, de pie en el centro de la habitación, se regodeó en su dominio.
La muchacha, de nervios más templados, acertó a abrir la boca:
—Procura entenderlo, yo...
—¡Oh, no te preocupes! Lo comprendo perfectamente. Han pasado muchos años y los anhelos románticos de la jovencita que soñaba con amores prohibidos acaban por desvanecerse —El ladrón se acercó al encogido Vanar—. Un hombre con una buena renta siempre es atractivo... —Arrugó la nariz—, incluso cuando le hiede el aliento.
El comerciante, avergonzado ante Alia, intentó agarrar inútilmente a Jaleck.
—¡Usted conoce a mi esposa! ¿Qué quiere de ella, criminal?
Un puño machacó su cara gordezuela. Varios dientes saltaron por los aires.
—Cállate un rato, ¿quieres? Ahora —dijo Jaleck dirigiéndose a la mujer, que por primera vez pareció inquietarse— hablemos del pasado, hermosa mía. ¿Recuerdas una promesa que me hiciste?

Una sombra saltó las murallas de Ashâr, para ir a perderse en los bosques. Anduvo una hora y luego se sentó sobre un tronco. El sol empezaba a emerger en el horizonte. La sombra, se vio entonces, era en realidad un hombre, embozado en una amplia capa y sujetando en su mano un paquete.
Jaleck, el ladrón, enjugó el sudor de su cara. Estaba agotado e invadido de un cierto desánimo. Aquellos diez años en las minas pesaban más que nunca. Había dejado de ser, para siempre, aquel joven que un día fue fuerte, un día en el que amó a una mujer y ella le juró que también.
Y ese día se besaron y él le hizo graves promesas y ella le dijo que su corazón sería siempre suyo.
Jaleck contempló amargamente, en su mano ensangrentada, aquel pedazo de carne que aún palpitaba un instante antes.